lunes, 7 de junio de 2010

"Anacronismo de Onetti"


por Rodríguez Monegal


En Temas, nº 15, enero-marzo 1968
p. 18-22

La fama, ese malentendido.
                                                                                                                        
RILKE.



"Sólo muy lentamente, como sin prisa y con desgano, la fama de Onetti ha empezado a traspasar estos últimos años las pequeñas fronteras del Uruguay, y sin embargo, en apariencia, se dieron desde 1940 todas las condiciones objetivas para que este gran novelista uruguayo fuese más conocido fuera de su patria: durante un par de décadas vive en Buenos Aires, publica en editoriales argentinas de gran circulación como Losada y Sudamericana, gana algunos premios en concursos internacionales. Pero la reputación de Onetti sigue siendo, a pesar de todo, local, y se reduce a cierta zona de la literatura uruguaya, hasta bien entrada la década del Sesenta. Son muchos los factores que explican esta aparente paradoja y, sin ánimo de agotarlos, quisiera repasar ahora algunos.
Pero antes quiero contar qué significaba Onetti para un grupo de escritores uruguayos que teníamos entre 15 y 25 años en 1939. La fecha no es arbitraria. En junio de ese año se funda el semanario Marcha que entonces (recién nacido) es sólo un órgano pequeño de una fracción disidente de una fracción mayor de uno de los dos partidos tradicionales del Uruguay: el Partido Blanco, el más conservador, el de los terratenientes. Con el tiempo, ya se sabe, Marcha llegará a ser una cosa muy distinta y alcanzará fama en toda América. Pero en 1939 es sólo un tabloide que se parece mucho a los franceses de aquel entonces. El director pagaba así su tributo cultural a París, donde había estudiado. El semanario se ocupa principalmente de política, nacional e internacional, de economía (sobre todo nacional) y dedica muchas páginas a asuntos de arte, de música, de literatura. El secretario de redacción es un joven moreno, de 30 años más o menos exactos, alto y sombrío, con una cara que él mismo describiría más tarde como de caballo. Este joven escribe y publica en Marcha curiosos relatos y notas críticas. Algunos textos que elige son seudónimos, otros vienen de las letras europeas y sobre todo de las norteamericanas. Pero tienen como autores a nombres que no se esperaban entonces en el Río de la Plata.
Este joven se llama Juan Carlos Onetti y ya ha descubierto a Louis Ferdinand Céline y a William Faulkner. El mismo año habrá de publicar su primera novela, El pozo, breve e intenso relato que él mismo editará con ayuda de algunos amigos y con un falso dibujo de Picasso en la portada (se asegura que él también lo dibujó y la cara que muestra se le parece un poco). La edición, pequeña, tardará sus buenas décadas en agotarse.
Sin embargo, ya circulaban por Montevideo algunos muchachos que habían descubierto a Onetti. Como esos jóvenes secretos que estaban dispuestos a hacerse matar por un verso de Mallarmé (según le decía al maestro francés su discípulo Paúl Valéry), estos primeros descubridores de la enorme térra incógnita que era y sigue siendo Onetti andaban por la principal avenida, entraban en los cafés de estudiantes e intelectuales, se paseaban por los claustros de la sección Preparatorios o por la Facultad de Derecho con El pozo bajo el brazo. Se llamaban sin duda Carlos Maggi, Mario Arregui, Carlos Martínez Moreno, Homero Alsina Thevenet, Roberto Ares Pons, Manuel Flores Mora y también tenían otros nombres que no he registrado. Con el tiempo llegarían a ser diputados y ministros, abogados e historiadores, narradores y dramaturgos, hasta críticos. Pero entonces sólo eran adolescentes y hablaban sin cesar de Onetti. Llegué hasta ese vasto continente semisumergido a través de ellos. Uno me prestó un ejemplar deSantuario, de William Faulkner, en la edición española de Espasa Calpe y propiedad de la Biblioteca del Centro de Protección de Choferes, institución donde lo había detectado Onetti para provecho de todos. Otro me acercó el Voyage au bout de la nuit, donde leí las escalofriantes escenas soñadas por Céline y que luego encontraría metamorfoseadas por Onetti en sus libros. Un tercero me regaló El pozo, que no se encontraba casi en las librerías. Maggi y Flores Mora me contaron cosas de Onetti a quien (oh maravilla) ellos habían visto y hasta tuteado.
No conocí entonces a Onetti sino muy de lejos y a través de una leyenda que se iba coagulando lenta pero insistentemente a su alrededor: la leyenda de su humor sombrío y de su acento un poco arrabalero; la leyenda de sus grandes ojos tristes de enormes lentes, la mirada de animal acosado, la boca sensual y vulnerable; la leyenda de sus mujeres y sus múltiples casamientos; la leyenda de sus infinitas copas y de sus lúcidos discursos en las altas horas de la noche. Yo devoraba todo lo que caía en mis manos pero no me atrevía a acercarme un sólo milímetro a Onetti. Entonces no se me pasaba siquiera por la cabeza que iba a ser crítico y que debía empezar a hacer mis palotes sin perder más tiempo. Onetti era un nombre que sonaba cerca mío, que andaba por los rumbos en que yo andaba, que encontraba en la boca de tantos. Pero nunca soñé en ir a buscarlo para convertir ese nombre en persona real.
Un día supe que se había ido de Buenos Aires. Otro día me enteré que una novela suya, de la que conocía algún fragmento, había sido elegida por el jurado uruguayo para competir en un concurso internacional que al fin ganó El mundo es ancho y ajeno, de Ciro Alegría. Como Onetti no publicó nunca esa novela, se hace difícil opinar sobre el acierto del jurado. Pero se puede decir, que aquí comienza la historia de sus malentendidos con jurados más o menos internacionales. Un segundo concurso, organizado esta vez en Buenos Aires por Losada, concede el segundo premio a Tierra de nadie (1941), prefiriendo para el primer puesto una novela de Bernardo Verbitsky que nadie ahora lee. Onetti estaba ya instalado en la capital porteña, trabajaba en agencias de publicidad, mantenía algún contacto con los fieles que lo iban a visitar o que incluso (como Alsina Thevenet) hasta se iban a instalar a vivir en su casa. Pero seguía siendo el maestro de unos pocos jóvenes secretos. Era en vano que Cine Radio Actualidad, publicación uruguaya entonces muy leída, dedicase un apasionado comentario de Alsina Thevenet a Tierra de Nadie: los discípulos tal vez aumentaban pero las letras uruguayas seguían sin enterarse del todo.
En la Argentina era peor. Onetti vivió en Buenos Aires casi dos décadas, como vivió William Blake en el Londres dieciochesco. Era el hombre invisible. Siguió publicando allí sus novelas (Para esta noche, 1943, La vida breve, 1950, Los adioses, 1954); llegó a conocer a algunos escritores y críticos importantes (Mallea, Borges, Girondo, Julio E. Payró) pero no fue reconocido allí. Hace pocas semanas un semanario argentino de gran circulación subrayó el escándalo de que a la aparición de La vida breve, su primera novela y la que funda el mundo mitológico de Santa María, sucesor del Yoknapatawpha de Faulkner, antecedente del Macondo de García Márquez, no se escribiese nada serio sobre Onetti en el Río de la Plata. El crítico argentino debió haber mirado sólo la orilla occidental del río porque en la oriental, el culto de Onetti continuaba creciendo lento pero firmemente.
Ya a la aparición de Tierra de nadie, Carlos Martínez Moreno había escrito una penetrante nota en El País; yo escribí en Marcha con fervor e invocando los manes de Faulkner, al aparecer Para esta noche; la publicación de La vida breve suscitó también en Marcha dos páginas de disimulada valoración autobiográfica a cargo de Alsina Thevenet y un largo estudio, el más largo que se le ha dedicado hasta la fecha, que yo escribí para Número, de Montevideo, y en que no sólo se analizaba con pausa a la novela sino que se trataba de situar a Onetti en el contexto de la novela rioplatense contemporánea. (Ahora está en el libro que se titula, Literatura uruguaya del medio siglo, 1966). La leyenda de Onetti crecía, aumentada por el aura de autor maldito a quien editores y críticos del oficialismo argentino ignoraban olímpicamente. Pero en Montevideo los fieles también crecían y desde 1950 en adelante Onetti era ya un autor respetado por todos los escritores jóvenes y militantes del Uruguay. Como prueba de ese respeto se podría citar el título que da Carlos Maggi a su primera colección de prosas. Es Polvo enamorado que viene del famoso soneto de Quevedo que concluye:
Polvo serán mas polvo enamorado le fue acercado por Onetti. En 1951, Númerorecoge algunos de sus cuentos con el título de uno de ellos, Un sueño realizado; el prólogo es de Mario Benedetti, la selección mía. El entronque de parte de la generación del 45 con Onetti quedó firmemente establecido.
Por esos años se sitúa un encuentro en el Buenos Aires peronista entre Borges y Onetti al que me tocó asistir como moderador. Aunque siempre denunció ciertas exquisiteces borgianas, Onetti es uno de los primeros conocedores uruguayos del narrador argentino. En uno de mis viajes a Buenos Aires me pidió que le presentase a Borges, a quien yo conocía a través de una larga admiración. En una cervecería de la calle Corrientes que en los altos albergaba una de las más siniestras organizaciones peronistas (fue demolida a cañonazos por los tanques de la Revolución Libertadora de 1955), llevé a Borges a conocer a Onetti. No sé si la natural timidez de Onetti o la larga espera, provocaron el aire fúnebre, claramente modificado por la cerveza, con que nos recibió. Estaba hosco, como retraído en sí mismo, y a la defensiva. Sólo salía de su isla para atacar con una virulencia que no le conocía. Era obvio que él había leído a Borges y que Borges no lo había leído ni tal vez lo leería nunca. La conversación saltaba sin progresar hasta que de golpe Onetti embistió con una frase que se dejaba silabear como un verso de tango:
-Y ahora que están juntos, díganme, explíquenme, ¿qué le ven al coso ese, a Henry James?
Inútil aclarar que Onetti había leído a James y que era tan capaz como cualquiera de valorar sus méritos. Pero la frase quería decirnos otra cosa. Infortunadamente, tanto Borges como yo nos pusimos a explicar laboriosamente, y con gran entusiasmo genuino la obra de James, lo que le veíamos. Hasta desarrollamos pedagógicamente una comparación entre el mundo aparentemente realista pero en realidad abstracto de James y el fantástico pero tan concreto de Kafka. Citamos libros y cuentos, críticas y opiniones. Yo estaba en la gloria. Me sentía como el bueno de Boswell al asistir a un encuentro entre el Dr. Johnson y Reynolds o Garrick. Pero todo era una ilusión óptica: no había ni podía haber contacto entre Onetti y Borges, o sólo lo había en mi imaginación. Cuando nos íbamos (acompañé a Borges a su casa de Maipú, a pocas cuadras de la cervecería), le pregunté un poco inquieto qué le había parecido Onetti. Me contestó con gran cortesía que le había gustado, pero agregó:
-¿Por qué habla como un compadrito italiano?
Toda la noche, y sin que mi oído lo hubiera registrado, Onetti estuvo censurando a Borges al arrastrar las sílabas más que de costumbre, deliberadamente, como un acto fonéticamente agresivo y suicida. Comprendí que de alguna manera esa noche Onetti había sido Roberto Arlt: ese genial y loco narrador, contemporáneo de Borges, y que Borges también había ignorado; ese Roberto Arlt que, antes que Onetti, que Marechal, que Sábato, que Cortázar, colonizó algunas zonas profundas de la triste Buenos Aires. Ahora comprendo que debimos haber hablado de Arlt y no de Henry James, pero de todos modos Onetti se las ingenió para que Arlt estuviera de algún modo presente.
El encuentro es ejemplar de esos malentendidos que persiguen a Onetti, o que él tal vez secretamente inspira. Borges representaba en esa fecha la mejor literatura argentina oficial. Aunque poco después Sur publicaría Los adioses y hasta saldría algún comentario en revistas argentinas, Onetti seguía siendo el hombre invisible en Buenos Aires. En Montevideo, ya saludaría Los adioses con un larguísimo artículo de Marcha. Pero la orilla oriental del Plata ya estaba conquistada y cada día serían más los jóvenes que descubrirían a Onetti o los no tan jóvenes que se pondrían rápidamente al día. La nueva literatura empieza a existir entonces bajo el signo de Onetti. Los mejores lo siguen o lo glosan o escriben a contrapelo de él. Pero está indiscutiblemente ahí, instalado como el maestro. Es imposible no haber pasado alguna vez por su Santa María.
En Buenos Aires siguen los malentendidos. En un concurso de la Editorial Fabril su obra maestra, El astillero, sólo obtiene una mención frente a libros que ahora ni es prudente recordar. Cuando por suerte la novela se publica en 1961 hay ya una generación de críticos y escritores argentinos que también lo reconocen como maestro. Pero ya entonces Argentina ha producido a Marechal, a Sábato y a Cortázar y es natural que Onetti quede desenfocado ligeramente, que haya que repasar la cronología para advertir que si, es claro, Adán Buenos-ayres se publica varios años después de los tres primeros títulos de Onetti; que El túnel es posterior a Para esta noche; que todo Cortázar es también posterior. Pero estas precisiones las recuerdan por lo general sólo los eruditos o los fanáticos. Onetti ya está situado anacrónicamente y ese anacronismo se advierte también claramente en dos concursos internacionales más: el de Life en español (Nueva York 1960) y el Premio Rómulo Gallegos (Caracas 1967). Me tocó asistir como jurado al primero en que fue premiado un cuento largo de Marco Denevi, argentino y autor de Rosaura a las diez. El cuento, que se titula Ceremonia secreta no es malo pero es prescindible, para emplear uno de esos adjetivos que Borges puso en circulación hace ya tantos años. El cuento de Onetti, Jacob y el otro, es una pequeña obra maestra. Pero como es un cuento duro y amargo (es la historia de un forzudo de circo que se enfrenta con un forzudo local, historia vista desde varios ángulos, a cual más sórdido y/o patético), como es un cuento intransigente, como es un cuento en que la visión negra de Onetti cala hasta el hueso, el jurado lo relegó.
Algo semejante debe haber pasado en Venezuela. No negaré el mérito extraordinario de La casa verde, de Mario Vargas Llosa, libro que he sido de los primeros en analizar críticamente, (v. Mundo Nuevo, núm. 3, setiembre 1966). Junto a esta gran obra de la actual novela latinoamericana, enorme fresco que maneja con increíble maestría varios mundos a lo largo de cuarenta años de narración, impecable de técnica y profundamente humana, Juntacadáveres (1964) debe haber parecido un libro menor. Y en muchos sentidos lo es. Esa historia de malevos y prostitutas en un pueblito perdido de la cuenca del Plata, la Santa María de La vida breve y El astillero parece un melancólico ejercicio en el humor más negro posible: la historia de una ilusión crapulosa, de un paradiso corrompido, de la debilidad de la carne y la leprosa inocencia de ciertos seres. El protagonista, Junta Larsen o Juntacadáveres, es un héroe muy poco épico. Aunque su profesión no dista mucho de la de Fushia, en La casa verde, y aunque su burdel puede tener sus puntos de contacto con el de Vargas Llosa, la visión del joven peruano de 30 años y del maduro uruguayo que se acerca a los 60 no puede ser más distinta. Es comprensible que el jurado haya elegido a Vargas Llosa, como es comprensible que se elija entre Céline y Roger Martín du Gard al segundo; entre Durrell y Beckett al primero. La casa verde, además, está en la tradición de don Rómulo Gallegos la de los grandes mundos vegetales, como ha dicho Carlos Fuentes.
Comparar es odioso, por eso no quisiera poner en esta comparación otra cosa que la posibilidad de considerar el premio desde varios puntos de vista. Tal vez yo hubiera votado también a Vargas Llosa y si hubiera preferido a Onetti me habría descubierto votando en un sentido muy limitado aunque muy preciso: votando por una visión descarnada e irremediable de la vida, por una obra literaria entera y ya completa, por un autor que me ha fascinado desde que empecé a descubrir lo que era la literatura. Votando por Vargas Llosa habría votado por su entusiasmo, por una amplitud de visión, por un panorama abierto hacia la esperanza. Pero basta. No se trata ahora de votar sino de entender. Y lo que hay que entender es que el premio a Vargas Llosa es no sólo justo sino inobjetable. Y que el propio Onetti lo ha reconocido así.
Porque hay una perfecta coherencia en que una vez más, Onetti haya perdido un premio. Ya le pasó con Ciro Alegría (que es su estricto coetáneo), y le volvió a pasar con Verbitsky en Losada (otro coetáneo) y con Masciángoli en Fabril (mucho más joven) y le pasa ahora con Vargas Llosa, que es un delfín. Así como hay una vocación para el éxito hay una para el fracaso. El fracaso de Onetti, aquí está la última paradoja, no es el fracaso de la calidad sino el fracaso de la oportunidad. En 1941 Onetti llega demasiado pronto para arrebatar el premio a Ciro Alegría. Pero en 1967 llega demasiado tarde, para poder disputar seriamente el premio a Vargas Llosa. Anacrónico siempre, descolocado, desplazadísimo, Onetti no está nunca en el escalafón literario. Está sí en la literatura y su puesto, al margen de éxitos o fracasos, de fluctuaciones de lectores y críticos) ha sido ya asegurado por sus grandes novelas y sus sombríos cuentos. Ahora que la suma de malentendidos y postergaciones está dando un total de fama, ahora que en todos los extremos del continente latinoamericano los jóvenes secretos se multiplican y salen a proclamarlo ahora que la Editorial Alfa, de Montevideo, prepara la colección ordenada de sus obras (dispersas suicidamente en tantas editoriales de América del Sur), ahora que la CEAL de Buenos Aires se precipita a recoger sus Cuentos completos, la fama de Onetti es un hecho incontrovertible. Tal vez en Montevideo, Onetti se esté preguntando, el cigarrillo colgando precariamente de un labio, los ojos más tristes que nunca, la boca modulando cada sílaba como si le costara dejarla caer:
-Pero ustedes ¿qué le ven al coso ese, a Onetti?
Cada día son más lo que 'ven' ".

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